Origen

La primera vez que vi el mar tenía cinco años. Mi papá nos llevó a mi hermano y a mí caminando por la escollera, hasta la punta. Luego me contó que su idea era que sintiéramos que nos metíamos en el mar, que sintiéramos la fuerza con la que las olas rompían contra las rocas. Y así se sintió.

Recuerdo principalmente el estruendo y el olor. Puedo imaginar el estar ahí, pero no estoy seguro si la imagen es recuerdo de esa vez, o de tantas otras que he estado en lugares parecidos. Recuerdo la emoción mezclada con miedo que me dejó sin aire. Literalmente sin aire: un ataque de asma frente a ese movimiento infinito.

Volvimos a la playa y nos sentamos en la arena. Mi papá me dijo que me tranquilizara, que respirara profundamente, que me relajara. Me aseguró que no pasaba nada malo. Años después recordaría, al practicar yoga, la importancia de respirar para regular nuestras emociones.

Quizás ahí comenzó todo: mi amor por viajar, por el agua, por lo vasto. Mi impulso por descubrir.

También pienso que la vida comenzó en el mar. Tal vez por eso cada vez que vuelvo siento que regreso al origen. Por eso tantos nos sentimos atraídos por el agua, y flotando en ella nos sentimos tan a gusto, como en casa.

O tal vez, en mi caso, es solo el regreso a mi propio origen, ese primer recuerdo donde la emoción me desbordó y, aun así, quise avanzar.

Esta foto fue tomada en Carmel Beach, durante un viaje por la costa oeste que hicimos con Lesly. A diferencia de mi primer encuentro, aquí el mar se sentía calmo, agradable, casi una ensoñación. La bruma sobre el mar hacía que la línea del horizonte se desvaneciera, como aumentando la sensación de infinito. Me gustó la forma en la que la espuma acariciaba la arena, casi como si fuera una alfombra natural, y el contraste entre la arena casi negra, la espuma blanca y el mar azul grisáceo que se hace más profundo.